Por: Rosario Herrera Guido
El inconsciente es el poeta
que reside en cada ser hablante:
la prueba es el sueño,
ese sueño que la experiencia psicoanalítica
enseñó a descifrar como una charada,
pero como una charada cuyo sentido
no está sustancializado y esperando
a que se le descubra
sino como una abertura a múltiples sentidos
que se abalanzarán sobre lo dicho
en la charada del análisis
bajo la consigna imposible del ‘dígalo todo’.
Néstor A. Braunstein, “Lingüistería”, El lenguaje y el inconsciente freudiano, México, Siglo XXI, 182, p. 182.
En el natalicio de Sigmund Freud (Freiberg, Moravia, el 6 de mayo de 1856-Londres, 23 de septiembre de 1939), nada como compartir este breve texto en su memoria. La hipótesis de una poética del deseo inconsciente es impensable sin un cambio de paradigma, el paso de la episteme de la mirada médica a la episteme de la escucha poética del inconsciente. De la tradición histórica del discurso médico de Hipócrates a nuestros días, discurso del amo y su heredero el discurso universitario, que al silenciar el sufrimiento del cuerpo y la subjetividad, excluyen que los hombres y las mujeres son sujetos del lenguaje y al lenguaje, cuerpos sexuados que hablan, gozan y sufren, y que en la experiencia analítica se escucha poéticamente el deseo de eso otro que se dice en lo mismo que se dice, y cuyos significantes se escriben de otra manera. A esto se debe que el psicoanálisis sea el contrario ético de la medicina, las psicoterapias, la psiquiatría y la hermenéutica. Sólo una ética del deseo, que nunca se satisface por completo, se opone al discurso del amo, opuesto al discurso del poder. A pesar de que el analizante le transfiere el saber al analista, la transferencia debe ser analizada y disuelta, para descentrar al analista y al analizante, convocados ambos a hablar y escuchar sin pensar, para poder tener una experiencia poética. El antecedente de este breve escrito surge del encuentro con la dimensión poética del psicoanálisis, a través del diálogo entre la filosofía, el psicoanálisis, la literatura y la poética, aderezado con mi experiencia como analizante y analista. El punto de partida es Sigmund Freud, quien postula al inconsciente como un saber del que no se quiere saber, por el desconocimiento que ejerce la conciencia moral y sus mecanismos, en el alemán de Freud, la deformación (Verbildungen) del deseo (Wunsch),condensación (Verdichtung=poesía) y desplazamiento (Verschiebung=deslizamiento ), que corresponden a las figuras retóricas y poéticas de la metáfora y la metonimia, según Freud, Roman Jakobson y Jacques Lacan, que permiten reconocer una dimensión poética de la experiencia psicoanalítica, el inconsciente estructurado como una poética y el deseo inconsciente y sus deformaciones (sueño, lapsus, chiste y síntoma). Los temas que nutren este ensayo van desde el intento fallido de Freud de incluir al psicoanálisis en el campo doctrinal de la ciencia positiva de su tiempo, pasando por las referencias a la experiencia poética, hasta su deseo de inscribir al psicoanálisis en la univerisitas litterarum. Pues lo que está en juego para el psicoanálisis es la coincidencia entre el sonido y el sentido de las palabras, como en sueños, lapsus, chistes y síntomas, a partir de Freud y Lacan, gracias a una ética del deseo que abre una dimensión poética y estética del psicoanálisis como (po)ética. Se habla del psicoanálisis como técnica, lógica de la cadena significante, topología del inconsciente como estética trascendental, matematización de las estructuras subjetivas, ciencia conjetural y hasta de “un esfuerzo de poesía” (Jacques-Alain Miller). Pero a pesar de que tanto en Freud como en Lacan se encuentran pocas pero significativas frases sobre una posible poética del psicoanálisis y una relación entre el inconsciente y la poesía, son escasas las construcciones que sistematicen una lectura semejante. Por ello, el escrito es mostrar, en compañía de Freud, Lacan y otr@s, que además de una poética del psicoanálisis, publicada por siglo XXI en 2008, es posible pensar y proponer una poética del deseo, donde confluyen filósofos, psicoanalistas y poetas. Un hallazgo especial está en la asociación libre, paradigma de la experiencia analítica, que al discurrir libremente se adelanta al pensamiento, como en la literatura, el poema, el ensayo y la novela, abriendo la dimensión poética del psicoanálisis, donde las palabras dicen más de lo que el sujeto quiere decir, dando acceso a un nuevo decir, una cierta verdad, en el límite entre lo decible y lo indecible del deseo. Recordemos que Lacan en su seminario el Atolondradicho, enseña que es preciso realizar una lectura poética del deseo inconsciente, pues no se traduce en términos de verdad más que como mediodicho (decir a medias, como la poesía), pues sólo recibe su sentido de ese decir (Lacan, “El atolondradicho”, Escansión 1, Barcelona, Paidós, 1981:390). Lacan se refiere a la lógica del significante, que no significa nada hasta que otro significante venga a significarlo (San Agustín, De magistro, 389), pues es necesario que un operador produzca algún efecto de significancia: a saber, el analista, un sujeto-supuesto-saber, que con su silencio permite que la cadena significante se deslice y produzca un efecto poético de significación. Otro encuentro está en el neologismo “lingüistería” de Lacan (metáfora que expresa el lenguaje de la histeria), pues la experiencia con el ser en psicoanálisis consiste en hacerlo nacer de esa falla que se produce en el ente que está por decirse (Lacan, Radiofonía, Barcelona, Anagrama, 1980:45). El analizante y el poeta hablan de esa carencia-en-ser para todo ente. Lo advierte Octavio Paz: “Yo siempre voy a donde estoy, yo nunca llego a donde soy” (Paz, El mono gramático, Seix Barral, Barcelona, 1975). Pues durante el análisis, por el camino de la imposibilidad de rescatar el ser perdido desde el nacimiento, es preciso hacerse un nuevo ser que no había, cual poiesis de la verdad del deseo del analizante, gracias a una ética del deseo que se despliega como (po)ética. Una poética del psicoanálisis es impensable sin la hipótesis de la dimensión poética del deseo inconsciente. Una tarea para que es imprescindible la lectura de los textos canónicos de Freud sobre el inconsciente (La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente), así como la metáfora del síntoma y los cinco casos clínicos, para transitar del síntoma a las estructuras subjetivas, y mostrar la importancia que tiene para Freud y Lacan en la dimensión poética del lenguaje. Un sendero que tiene presente los límites del lenguaje, su incompletud y su inconsistencia. Donde Freud y Lacan conciben al inconsciente como una experiencia de apertura y cierre, un saber del que no se puede saber todo, pues se encuentra afectado por un agujero en lo simbólico, un real imposible de decirse y someter a la interpretación y el sentido, comprometido con el dominio del inconsciente, que sirve al discurso del amo y el poder. La poética del deseo inconsciente tiene como causa la ambigüedad poética propia de la naturaleza del lenguaje. Por lo que reconoce que la tarea del psicoanálisis es atender el equívoco y el sin-sentido, que permite bordear el goce imposible del cuerpo y la subjetividad, que no se agotan en la palabra. A partir de aquí, la interpretación ya no es la búsqueda del sentido, sino la “trascripción poética” de lo que se escucha que se escribe de significante que atraviesa al analizante, que es quien le devuelve lo que ha escuchado, al pie de la letra. Como se escucha en los versos de Villaurrutia: “Mi voz que madura / mi bosque madura / mi voz quemadura / mi voz quema dura…” Parafraseando al escritor y pensador español Blas Matamoro, el psicoanalista como el poeta saben que las palabras saben más que él. Porque el inconsciente es ese desconocimiento del sujeto que dice no saber sobre su sufrimiento y sus preguntas existenciales; no sabe hasta que las palabras lo digan a él, en el límite de lo indecible del deseo inconsciente. La asociación libre permite devenir al ser, para que algo de la verdad del deseo llegue a realizarse, suspendiendo la ley de la no-contradicción (Lacan, Los escritos técnicos de Freud, Barcelona, Paidós, 1981:41-42). Desde el principio de su obra, Freud recurre a la literatura, los giros lingüísticos, los puentes verbales, las homofonías, la gramática y la filología, para interpretar el deseo inconsciente y construir el discurso del psicoanálisis. En La interpretación de los sueños (1900), Freud propone que él colocaría en el museo del psicoanálisis un sueño oriental, como paradigma de la elaboración onírica y de la interpretación de los sueños. Un sueño que rescata el arqueólogo Winkler. Cuando Alejandro de Macedonia pone sitio a la Ciudad de Tiro, elabora un sueño: “ve danzar sobre su escudo a un sátiro”. Un sueño del que Aristandro, su excelente intérprete de sueños, sólo toma el significante sátiro y le practica un corte significante, una escansión poética, dividiendo el sonido para desbordar el deseo que realiza el sueño: Sa/Tiro (en griego, “tuya es Tiro”). Y Alejandro Magno se lanza contra Tiro, por primera vez en la historia. Un sueño que comenta Freud: “Tan estrechamente dependen los sueños de la expresión lingüística que Ferenczi (1910) puede señalar con acierto que toda lengua tiene su propio lenguaje onírico. Un sueño es por lo general intraducible a otras lenguas, y lo mismo vale, creo, para el presente libro. A pesar de ello, primero el doctor A.A. Brill en Nueva York, y tras él otros, han logrado traducir La interpretación de los sueños” (Freud, “La interpretación de los sueños”, OC., Buenos Aires, Amorrortu, 1979:121). Tan intraducibles los sueños como los poemas, pues ambos participan de los procesos inconscientes. La ambigüedad del lenguaje, expresa en los usos del lenguaje, es un fenómeno nacional, regional, familiar e individual. No hay inconsciente colectivo, como dice Jung. La diferencia entre la creación poética (tan singular) y el discurso de la psicosis, es que el poeta pone a circular sus imágenes poéticas, para hacer lazo social con ellas. Por eso Serge Cottet afirma que las interpretaciones psicoanalíticas son nacionales y hasta regionales. El psicoanálisis debe su existencia a la imposibilidad de la verdad con mayúscula. Lacan indica que el analista debe ser un gran conocedor del lenguaje hasta en sus posibilidades poéticas: “[…] basta con escuchar poesía, como era sin duda el caso de F. Saussure, para que se haga escuchar en ella una polifonía y para que todo discurso muestre alinearse sobre varios pentagramas de una partitura” ( Lacan, Escritos 1, México, Siglo XXI, 1980:180). En el capítulo VII de La interpretación de los sueños, Freud ofrece un sueño que es un acto poético. Un padre descansa en el cuarto de al lado donde es velado su hijo muerto y un viejo queda a su cuidado. Pero el padre es despertado por el ruido de una vela que cae, que es una metáfora de la realidad: El hijo que se acerca al padre y le dice ¿Acaso no ves que ardo? En el momento mismo del sueño, la vela caída prende al hijo muerto. Lo que despierta —dice Lacan— es otra realidad superior al ruido de la vela al caer. Son las palabras las que evocan otra realidad: la muerte del niño. Palabras que se repiten —afirma Freud—, y que fueron dichas cuando el niño ardía en fiebre. El sueño repite una realidad fallida: lo que retorna es lo real. La realidad —dice Lacan— que ya sólo puede hacerse repitiéndose en un despertar nunca alcanzado. Todos duermen: ésta es la metáfora de Lacan. El encuentro entre el sueño y la realidad es poético, como la poiesis griega, que hace que lo que no es, sea. El encuentro fallido con lo real es sólo por un instante, nacido de la grieta entre el sueño y la realidad, entre el deseo y lo real. En el sueño hay un padre que descansa sin descansar (pues lo real de la vela que cae lo despierta), hay un viejo incapaz de velar, habitado por un sueño ignoto, y un niño que no despertará jamás, aunque parezca estar dormido. La metáfora del sueño no resucita al niño, sólo es, como la poesía, la estela del hijo perdido para siempre, que hace oír al deseo. En palabras de Lacan: “En ese mundo sumido en el sueño, sólo una voz se hizo oír: ‘Padre ¿acaso no ves que ardo?’ La frase misma es una tea, por sí sola prende fuego a lo que toca, y no vemos lo que quema, porque la llama nos encandila ante el hecho de que el fuego alcanza lo Untertragen, lo real” (Lacan, El yo en la teoría de Freud (Seminario 2), Barcelona, Paidós, 1987:67). Una sola frase, metáfora de lo real, suspendida por la espada de la muerte, retorna para incendiar el deseo de un padre, atravesar el Hades y prender lo real. Sueño paradigmático en el que una metáfora incendia el duelo de la noche, y la muerte es más brillante por un encuentro fallido que se desvanece en las sombras evocando la nada. Metáforas y metonimias, mitos, tragedias, obras literarias, cuentos populares y leyendas se conjugan para transcribir la poética del deseo inconsciente y proyectarla en la poética de la cultura. El deseo no es algo dado que sólo restaría por reconocer, sino que al nombrarlo crea una nueva realidad que no había. Freud como Lacan atienden a lo imposible de decir, a lo real que escapa al lenguaje. Porque lo imposible de decir es a lo que apunta una poética del deseo inconsciente, una poiesis de la verdad. Pues el analizante, como el poeta, padece de esa imposibilidad de decir lo que quieren decir. Unos versos del poema “El río” de Octavio Paz muestran esta pasión por lo indecible:
“A mitad del poema me sobrecoge siempre un gran desamparo,
Todo me abandona,
no hay nadie a mi lado,
ni siquiera esos ojos que desde detrás
contemplan lo que escribo,
no hay atrás ni delante, la pluma se rebela, no hay comienzo ni
fin, tampoco hay muro que saltar,
es una explanada desierta el poema, lo dicho no está dicho, lo no
dicho es indecible…”
(Paz, “El río”, La estación violenta (1948-1957), Obra poética (1935-1988), México, Seix Barral, 1991:153).
- Texto extraído e inspirado en Rosario Herrera Guido, (Po)ética del psicoanálisis, México, Siglo XXI, 2008.

